
[fragmentos no incluidos en la recopilación EL
ETERNO FEMENINO que me apetece recuperar]
intro
Anna entró en el gran sueño en abril del 2000. Desde
entonces, sus diez años, sumergidos con mimo en licores químicos por los
artesanos de Fontgrial, se mantienen inalterables. La delicada belleza de
nacarados reflejos y el largo cabello pajizo continúan brillando en el nuevo
milenio. Sólo para unos pocos ojos.
La criptta en la cual reposa se halla decorada
por su cuidador con un desquiciado sentido del horror vacui: hologramas post-mortem
de Eva Duarte, de la desaparecida escritora de suspense Norma Bates y de su
íntima amiga la también escritora Liza
Bathory (quien pasó a otro estado dimensional en pascua del 99 pero dejó un
cuerpo turgente para la eternidad), de Silvana Delirio (la
groupie transmutada en diosa, que suele aparecerse -desnuda y montada en la
cabeza de Nessie-
a sencillos pastores y turistas pelmazos -este holograma, en concreto, se
elaboró a partir del testimonio fotográfico más fiable, una instantánea
matutina de comienzos del 98 tomada por la realizadora de documentales
científicos Malena Bou-), y de Nefertiti
(según la reconstrucción hecha por el artista Duane
Hanson bajo la supervisión de John Steed,
forense de Scotland Yard y egiptólogo en sus períodos vacacionales); colosales
ampliaciones de dibujos pergeñados por taxistas maníacodepresivos de la Gran
Manzana tras la lectura de «Alice
in Wonderland»; una copia au trompe l'oeil de Böcklin
ocupando toda una pared; un fotograma (desechado por obsceno en el montaje
final) de Winona
Ryder en «Bitelchus»; reproducciones a tamaño a-3 de algunos
trabajos fotográficos de Lewis Carroll (Alice
Constance Westmacott -con su desdeñosa expresión de Marc Bolan
prepubescente-, Mary
Millais -hija del pintor de la sugerente «Autumn leaves»-, Alice
Liddell -en la emblemática pose «como mendiga»- y Xie Kitchin
-concretamente, su melancólico escorzo fecchado el 12 de junio de 1873-); y,
grabados en piedra artificial, un fragmento de Gabriel Matzneff («...une expérience
hiérophanique, une épreuve baptismale, une aventure sacrée...») y otro del Dr. Destouches,
traducido al catalán por Malena Bou («¡El cel als ulls i la perversitat dels
angels!»). En la cabecera de la urna donde reposa el pequeño cuerpo, dos
diminutas instantáneas (la primera, fechada en la canícula del 66: un atractivo
cuarentón con pañuelo anudado en la cabeza a la usanza del Mekong, y una mujer
algo más joven de larga melena ala de cuervo, ambos completamente desnudos y
sosteniendo a un bebé sobre una poderosa Harley; la otra, sacada de una
revista: cierto prestigioso actor y director norteamericano acariciando a un
bulldog mentecato con el cañón de una Magnum
357).
Hoy el cuidador (que suele pasarse por la cripta dos
veces por semana) está en otros quehaceres. Y, sin embargo, hay alguien: ¿qué
ojos son los que observan a Anna en este instante? Hoy es otro quien está
sentado en la mecedora de bambú frente a la urna de La Bella Durmiente. Tomando
apuntes execrables en una carpeta. Atravesando el frágil cuerpecillo con una
mirada voraz, llena de oscura codicia...

encuentro en el hipermercado
Resulta agradable ver a los
compradores desde dentro de la bolsa de plástico. El frío congela el tiempo
hasta volverlo humo del que echan en los conciertos. Por cierto, en el circuito
de megafonía suena un tema de Steppenwolf. Una singular transgresión a la muzak
cotidiana del hiper. Tal vez a alguien se le ha ido la olla (como cuando, no
llega a un lustro, cierta presentadora de telenoticias leyó algo que no debía
sobre Mankiewicz -la gente anda muy p'allá en este umbral de siglos/milenios-).
El estruendo te devuelve a la
realidad. El pavo trufado ha tenido la culpa: la gota que hace desbordar su
carrito. Envases, bolsas, botes llenan el suelo del pasillo. Debes ayudarla a
recoger el estropicio. Y, sin embargo, te da miedo. Siempre la has cagado en
tus relaciones con la gente.
Te hubiera gustado seguir
viéndola desde la distancia traslúcida del plástico. Desde la gelidez
inalterable de un tiempo hecho humo. Desde tu alma perenne de niño libidinoso
nunca dispuesta a crecer. La música de Steppenwolf te llenaba de poderío en tu
encarnación como roulada de pavo trufado. Y ahora, de nuevo, la realidad. Tu
alma, presa en un chasis de cuarenta años al que cada día se te hace más
difícil entender. Has intentado cuidarlo, arreglar en lo posible sus fallas,
adecuarlo a la imagen de tu alma, evitar que los espejos te resultaran ajenos.
Pero la gente continúa reprochándote... no sé qué. ¿Cuál podrá ser el fallo?
-No sabes cuánto te lo
agradezco. La próxima vez cogeré dos carritos mejor que uno.
Ambos recogéis envases del
suelo. Las mujeres/bólido pasan en vuestro derredor sin ruido: mimos, cisnes de
Tchaikovsky en un ballet para sordos. Las ruedas de los otros carritos, los
tacones, las plataformas de corcho os rozan pero han perdido su solidez. Lo
único tangible es lo que recogéis, vuestros carritos y vuestras presencias.
Hasta vuestros alientos y vuestros olores son tangibles. Lo demás no.
Ella es rubia, de una palidez
nacarada, con unos abiertos ojos azules y un rostro casi de parvulario, el pelo
prendido en cola de caballo con un broche turquesa, y su voz suena a joven
casada con hijos (dos) de las que pasean en el utilitario por El Viso a la
caída de la tarde. Y, sin embargo, no lleva anillo alguno en sus dedos. Huele
(la apretada mezcla de fragancias propias y postizas) a esa casi imperceptible
morbidez de la carne femenina dispuesta a enfilar la segunda mitad de la
treintena con un leve titilar entre la decisión y el pánico. Obviamente, aunque
en el DNI tú le sacarías tres o cuatro años, su alma puede doblarte la edad.
-Son veinte mil cuatrocientas
cincuenta, los dos carros.
¿Habéis llegado ya a la caja?
-Cóbrelo todo.
Parte de lo que va en tu
carrito es suyo. No puedes permitir que... Pero nunca has sabido reaccionar
airosamente en estas historias de quién paga primero. Te gusta que te inviten,
no por gorronería, sino porque te sientes protegido, más acorde con la edad de
tu alma. En el fondo de tu ser no te hallas en edad para jugar a caballero, a
tipo galante. Eres un niño libidinoso y los niños no pagan.
-No... no debería...
Haces un amago de protesta por
cubrir el expediente pero su mano roza tus labios ayudándote a no continuar la
farsa. Es como si te hubiese leído las ideas.
-No tiene importancia.
Mientras recoge el cambio te
fijas en su nuca (una de las zonas femeninas que encuentras más deseables). La
de ella tiene un punto ámbar, de haber sido tocada suavemente por el verano, y
hebras pajizas la salpican aquí y allá. La blusa blanca hace un bonito
contraste.
-Me llamo Miranda. ¿Y tú?
-Leo, Leo Lebrel.
-Parece un seudónimo. O un
nombre de personaje de Gómez de la Serna.
-Dejémoslo en el nombre que me
sienta bien.
-Dejémoslo. Porque, en efecto,
te sienta como un guante.
Salís con los carritos hasta
la calle. Por fuerza tienes que acompañarla a su casa. Al dejar los carritos,
el peso y volumen de vuestras cargas es bastante proporcional: muchísimo. Vais
hasta su coche: un Mini blanco de cuando la Oyamburu provocaba apetitos poco
honestos desde las pantallas desarrollistas. Un Mini...: te sonríes de tu
intuición.
-¿Casada?
Por fortuna, tu intuición no
es rigurosamente infalible.
-No. Vivo sola. Tengo una
tienda de artículos exóticos en los bajos de mi casa.
-¿Por dónde cae?
-Aquí, en Serrano, pegada al
Commodore.
Nueva sonrisa por tu parte,
que deviene al momento en sorpresa. En el tablier un Angel Caído idéntico al
del Retiro hace las veces de San Cristóbal. ¿Quién demonios es esta mujer?
-Miranda no es un nombre
frecuente.
-Es que soy italiana.
-Pues no tienes nada de
acento.
-Me trajeron a Madrid muy
pequeña. Mi padre era diplomático pero se jubiló joven. Cuestiones
políticas.
-¿Y tu madre?
-Conoció a papá siendo casi
una niña. Desde entonces viven juntos. Lo suyo eran las antigüedades, siguiendo
la tradición de su familia. Yo debo haber heredado mi afición de ella... Hace
ya casi cinco años que se retiraron a un balneario de la Provenza.
-Me dijiste que vivías sola...
-En realidad, comparto el piso
con una socia. Pero ahora está de vacaciones. Bueno, vacaciones y trabajo: por
si cae alguna nueva pieza de arte en latitudes lejanas. Me dijo algo de la
Micronesia. Ponapé, creo... Oye, estaba pensando... ¿y si te vienes unos días a
mi casa? Así no estarás solo este agosto.
-¿Cómo sabes que...?
-Muy fácil. Te vi antes en el
refrigerador, encarnado en la roulada. Tu expresión dentro del plástico era de
una felicidad tal que me embobó: no es fácil toparse hoy día con expresiones
así.
El Angel Caído del tablier parece
ponerse al rojo. Los árboles del bulevar (y los pájaros -y la brisa-) te animan
a aceptar la invitación.
-¿Por qué crees que se me cayó
todo? Estaba colocando cosas en el carrito de manera maquinal, mientras te
miraba, ahí, extático, junto al corned beef y el chopped de pato mandarín.
-No creí que estas cosas mías
se notasen. Me siento como el niño de «El resplandor» cuando el negro
patizambo le habla sin mover los labios.
-Yo no soy zamba.
Cruza las piernas en un grácil
movimiento. Su falda plisada deja asomar un muslo blanco, desnudo y, como
habías supuesto, oscilando levemente entre la tersura y una sutil, casi
secreta, flaccidez. Un atisbo de perfume a lago Ness emana de su entrepierna.
¿Irá sin bragas? Una mujer capaz de sustituir a San Cristóbal por el Angel
Caído es muy probable que...
-¿Qué me dices? Acepta mi
invitación.
-Acepto.
Los árboles (y los pájaros -y
la brisa-) apoyan tu decisión.
-Antes de la tienda, ¿a qué te
dedicabas?
-Estudié Ciencias de la Información.
Rama de Imagen. Quería dirigir documentales. Pero lo abandoné al segundo año.
Entonces, me dediqué a escribir guiones. Y en esto, por ahora, me ha ido mejor:
me dirigieron un corto y, con la actual moda de la cuota femenina y las mujeres
directoras, me permitieron rodar el segundo guión... Una cosita de nada: veinte
minutos con mi amigo Lucifer.
Señala al Angel Caído.
-Lo encontraron pedante y
desagradable. Todavía más cuando, en una entrevista para un programa vanguardista
de tv, dije que mi maestro en el arte de la dirección era Jim Morrison.
-¿El de los Doors?
-Ya sabrás que estudió Cine.
Sus trabajos de principiante son increíbles. Había varios inéditos. Uno rodado
junto a Mankiewicz en Escocia.
-No tenía ni idea de que
Morrison y Mankiewicz...
-Lo sabemos pocos. La gente
tiene una imagen muy equivocada de él: lo consideran un freak presuntuoso
cuando debería producirles auténtico terror. Era un ángel caído.
-Tiene un lado ominoso. Pero
también fama de borde: cuando privaba...
-¿Ominoso?: folklore, mierda,
clichés... Estoy hablando de auténtica oscuridad. No de juegos epatantes
para burguesitos aburridos. Mi padre me enseñó a buscar en la oscuridad. En el
corazón de la oscuridad... En cuanto a lo de «borde», si nos ponemos a tirar a
la basura a mucha gente que merece la pena por ser en determinadas ocasiones (o
en muchas, qué caray -pienso en mi roneo crowleyano con el desaparecido Eduardo
Haro Ibars cuando mamá, allá por el 80, después de una sobreingesta de cómics
belgas, me cortó el pelo a lo Tintín-) difíciles y tormentosos en su trato,
pues vamos listos... Pero estoy derivando.
-Estábamos en que, en una
entrev...
-Sí, cayó muy mal. Dejé de ser
una nueva promesa de directora de cine para convertirme en un saquito de mal
rollo. Me empezaron a dar la espalda. Solamente Gonzalo Suárez se ofreció a
producirme un largometraje.
-Una gran oportunidad, ¿no?
-Y que lo digas. Se trata de
un proyecto antiguo, que debería haber dirigido Peckinpah.
Sobre aquel libro suyo del atentado contra Franco. Pero, con los años, la cosa
ha ido evolucionando y hoy su guión es una completa y genial locura. El también
ha leído algo sobre las andanzas caledonianas de Mankiewicz y Morrison.
-Hace tiempo hubo una
presentadora de telenoticias que...
-Sí, Malena Bou. Gran amiga
mía. Abandonó la tv para dedicarse a la investigación científica. Se dedica a
filmar los trabajos de su madre, la doctora Eva Segura.
Llegáis a su casa. En los
bajos, una tienda muy cuca llamada Tara («tierra» en rumano -según te
dirá después-). El edificio, un chalet de tres pisos, con fachada de mármol.
Algunas pintadas de inextricable significado han ensuciado el muro.
-¿No compras demasiada comida
para una persona sola?
Subís la carga de víveres
hacia su piso por una estrecha escalera.
-Se me olvidó decirte que mi
afición favorita es la gastronomía.
-¿Cocina italiana, quizás?
-No, recetas propias.
Un extraño olor, a productos químicos,
te asalta la pituitaria al volver a bajar por el resto de las provisiones.
Parece venir de esa puerta cerrada (¿un sótano?). De pronto, sientes un amago
de deja-vu.
-¿No se te pudrirá con este
calor?
-Tengo un gran frigorífico. En
esta casa no se pudre nada.
Mientras ella habla, te
dedicas a husmear por el piso. Con bastante impudor (aunque dejándote llevar
por la intuición) entras en el dormitorio.
¿La cama?, una absoluta
bizarrez: redonda y cárdena como una enorme hamburguesa. Por el suelo, platos
con restos de comida. En las paredes, enormes affiches anunciando de todo:
sopas de sobre, conservas, comidas preparadas... Hasta la lámpara del techo
guarda cierto parecido con una fruta.
Preso de una escatológica
curiosidad, tras inspeccionar aquel pantagruélico cuarto, te precipitas a la
toilette. Según el sentido común, debe de ser una pieza tan importante para
aquella tragaldabas como el lugar de sus ágapes. Error: un rinconcito pequeño,
funcional, elegantemente dispuesto y sin ningún olor comprometedor.
Intrigado, prosigues tus
pesquisas. No encuentras el comedor. Al margen de los banquetes íntimos en el
dormitorio, no hay otro lugar donde compartir esa «afición a la gastronomía»:
el piso se reduce a un par de dormitorios (el otro también con una cama/hamburguesa
pero sin la parafernalia gastronómica -sólo fotos en blanco y negro de
películas españolas-), un cuarto de aseo, la cocina (no habilitada para comer
en ella), un estudio minúsculo con todos los aditamentos de una moderna
profesional autónoma (ordenador, fax, impresora, etc) y un no menos diminuto
living... En cuanto a la terraza, una tumbona/columpio y una mesita de juguete
(apta, lo más, para tomar el té -y sin demasiada repostería-) constituyen el
único mobiliario. Por lo visto, las orgías gastronómicas en esta casa se
realizan en la cama.
-Leo, ven un momento. No soy
capaz de abrir esta lata. A ver si puedes tú.
-Pero si aún no son las doce.
¿Ya vas a preparar la comida?
-¿Qué comida? Ahora toca el
tentempié de mediodía... Suelo hacer diez colaciones al día. Esta es la
cuarta... Verás, al levantarme, desayuno un batido y galletas integrales. Tras
ducharme, me zampo unas tostadas con algo. Una hora más tarde, no viene mal un
bocadillito para atender mejor las obligaciones de la tienda. Luego, el
tentempié de mediodía. A las tres, la comida. El té de las cinco en la terraza.
Y, entre el anochecer y la madrugada, cuatro papeítos más.
-¿También de madrugada? ¿Y
cuándo duermes?
-Hay tiempo para todo... Y yo
no mato el tiempo, me lo como.
La terrible sonrisa que
acompaña a estas palabras (de nuevo, la sensación de deja-vu) hace que
te cortes con la dichosa lata.
-......................
-¿Te pasa algo? Eh, Miranda...
¿A qué diantres viene
relamerse al ver tu pulgar ensangrentado? Ni que fuese un fotograma de la
Hammer...
-Oh, perdona... Voy... voy a por mercurocromo.

catering anómalo
Ayudas a Miranda a preparar un catering para unos amigos. Grandes
trozos de carne se asan en el horno. Un olor dulzón parecido al cerdo. Pero las
porciones no encajan en tu idea de un cerdo. ¿Una babirusa, quizás? ¿O aquellos
cerdos manipulados genéticamente que viste cierta tarde en un documental?
«Cerdos alargados, cerdos alarg...»: ¿de qué te suena esa expresión?
¿Y por qué crees haber vivido ya esto?
-¿En qué piensas?
-Nada, tonterías.
-Te van a gustar mis amigos. Son tan raros como tú.
Y como yo.
-En serio, Miranda: ¿somos tan raros?
-Ahora, en el presente entorno de esta ciudad, ya
menos. La gente normal, esa que antes nos marginaba o nos imponía sus reglas,
ha perdido el poder.
-¿Te refieres a las cosas que hace el burgomaestre?
-En parte, pero es sólo la punta del iceberg... La
angustia que siente un alien viviendo en una realidad escrita por Mercero. Los
reproches continuos de las gentes de pro contra lo que irrita su filisteísmo.
El peso enorme que supone no tener el control... Eso se ha acabado.
-Me gusta lo que dices, aunque no acabo de cogert...
-Ya lo irás haciendo... Huele bien, ¿verdad?
-Auténtico perfume.
-Receta neozelandesa. Me la pasó Pilar, una de mis
mejores amigas.
Pilar... ¿Por qué ese nombre resuena en tu cabeza como
un gong de la Rank? En tu cabeza y... más abajo. Latidos prostáticos se suman
en un sutil y turbador crescendo.
-¿La conoceré hoy?
-No lo sé. Anda muy liada con sus trabajos de
bioingeniería.
-Miranda...
-¿Sí?
-Me... me estoy empalmando...
-Es natural. Estás conmigo y la realidad chorrea por
nuestra piel como almíbar.
-De nuevo, no acabo de cogert...
Miranda se traga tus palabras en un rotundo
lengüeteo. Sus pezonciglios, como frambuesas silvestres, traslucen y se erizan
bajo la leve blusa. Su mano diestra (en todos los sentidos) bucea por tu
entrepierna y su aliento abrasa tu imaginación como un soplo de terral. Te
corres preocupado por manchar el pantalón pero tu desahogo va a parar íntegro a
un diminuto cáliz de cristal bohemio.
-¿A qué viene...?
-Faltaba un último toque para la salsa del asado.
Miranda vierte el fluido blanquecino en la turmix
junto a otro montón de ingredientes (chutney, perrins, hortalizas finamente
picadas, unas gotas de tabasco, oreja de mar y un anfioxo en salmuera). El recentísimo
desahogo seminal, el runruneo de la batidora y las últimas digestiones te
amodorran. No puedes reprimir un bostezo.
-Uy, lo siento... No sé qué me...
-Yo acabo esto. Echate un rato mientras. Así
compruebas lo cómoda que es la cama burger made by Davidoff. O, si lo
prefieres, puedes perderte en esa terrina de paté que guardo en el frigidaire.

claire de lune (interludio)
Descansáis
y degustáis profiteroles en la bed/burger. Miranda Veronese proyecta en tu
honor los «veinte minutos con su amigo Lucifer»; como banda sonora, tú
mismo: sumido en un profundo trance tras ingerir unas berenjenas de Almagro
empapadas en un fortísimo preparado enteogénico, te has puesto a recitar el
monólogo «Rondola Flow» (de la desaparecida poetisa amateur Iris Sada
-íntima amiga tuya en una vida anterior-)..
-Beber y
escupir de fuentes anónimas (inundar de gris la expresión de los hombres más
sucios -cuando una podría estar estudiando las postrimerías de la Secundaria en
algún liceo de la ciudad jardín-): pero no, una se debe a la vida pericolosa,
al relente mortal de las calles sin luna (donde se cogen mil y un síndromes -de
inmunodeficiencia, abstinencia, soledad-), al sandwich de las 4 a.m. en nadie
sabe dónde, a las luces mortecinas de gastados tubos de neón, a las
fantasmagorías que trae consigo el ser objeto de placer sin más porvenir que
los minutos corrientes, a los taxis lejanos y raudos como estrellas fugaces, al
vómito que corona una mala digestión de bebida (o comida -o trabajo-), a los
penes con uñas renegridas que la exploran a una ignorándola, al aliento a
ginebra que anestesia los besos, a la cama estallando en arpegios como el interior
de un piano de cola, a la disciplina férrea que una se impone para no llorar
sobre el pecho de ese desconocido, a los ralos orgasmos ofrendados a la Nada
(Nada llamada «príncipe azul» por algunas gilís), a los gritos que se
fingen cuando una está de humor... Hay veces en las que una jura abandonar
esto: en tales ocasiones, no es una la que habla sino ese cardenal en el cuello
o esa hinchazón en el párpado o esos arañazos cerca de la ingle. Una relee en
el wáter de la última cafetería las andanzas de Holly Golightly («Ciertos tonos
de luz amarilla malogran el cutis de una muchacha») apurando un lapso entre dos
fuentes anónimas.
Tu pene moteado, remedo fálico de anguila
leopardo, fascina a Miranda, que, enternecida, lo reboza en polvos talco (¿o es
cocaína?).
-¿Una quué quiere ser de mayor?: primera dama;
o, mejor, presidente; besando las paredes sucias de los moteles de carretera y
sonriendo siempre a las propinas de los humanos; colgando el alma al borde de
la ventana y llamando con luminoso miedo a todos los mosquitos; apurando con la
pajita batido tras batido; y destrozando a dentelladas un plátano en almíbar
hasta que la tv sangre de indiferencia; o quizás riendo bajo las sábanas de los
testigos más buscados; la reina del chantaje; o, mejor, espía al servicio de tu
propia potencia; mascando bombones de licor como si fueran tabaco; consolando
con la punta de los dedos la angustia de los señores y retocándose el make-up
en los entreactos, entre sandwiches de pepino y luces de botella encantada.
Miranda besa tu vello púbico, salpicado de
hebras plateadas.
-«Esta nnoche, no: me duele la cabeza»: pasadoo el tiempo, una podría permitirse el
lujo inefable de la tiranía; y pasear bajo las constelaciones cuando debería
estar haciendo su trabajo; amarse a solas frente al espejo de la charca; y
reventar farolillos en la fiesta de los pensionistas.
Tu anguiila leopardo, excitada por el polvo
blanco, corcovea briosa, cual mesteño salvaje.
-«No pueedo vivir sin ti»: le dirá a una
alguien al borde de la desesperación; y una se sentirá Dorian Gray y cortesana
de Zola a un tiempo; y una elevará los labios manchados de rouge con un punto
de maldad; y alguien vomitará su última borrachera en el vecino lavabo; y las
salamandras seguirán vigilando desde la charca; y las salamanquesas seguirán
vigilando desde el alero.
Las imággenes de la pantalla cubren vuestros
desnudos hasta mutaros en animados faunos de Diaghilev. Miranda clava sus
incisivos en tu fibrosa y rebelde anguila, empeñada en domeñarla. Sangre y
semen se combinan en una original salsa rosa sobre el canapé de cangrejo
violinista. Tú miras más allá de lo real fundiendo las ilusiones del corto con
ignotas criaturas devueltas a la superficie del negro lago de tu memoria (¿de
tu memoria? -de tus memorias-). La cama de carne, steak tartar digno de Giant
Man, se ha vuelto balsa y navega por ese coño caledoniano que nunca cesa de
emitir sus llamadas. Tu compañera dorada de otrora se funde en tus brazos con
esta otra rubia más frágil y rafaelesca (pero igualmente agresiva en su
acometida sensual). Sudor y semen, marisco y sangre, zumos vaginales y líquido
de las berenjenas de Almagro: lago negro de empinados cantiles, criaturas
esquivas enbridadas por diosas que ayer fueron carne. La boca de esa lesbiana
sabía a emparedado caliente de queso al estragón... ¿De esa lesb...?
-Leo, Leeo... ¿De qué lesbiana hablas? Tch,
tch... Ya, estás afectado por el zafarrancho de hace un rato. Cálmate, ssssh...
No creí que fueses tan impresionable.
priones: THE LEFT HAND
(la señora del tarro
adornado con perejil
fue pintada
originalmente por John Brack
–el tarro y el perejil
se colocaron a posteriori-)