[fragmentos no incluidos en la recopilación EL ETERNO FEMENINO que me apetece recuperar]

 

 

intro

 

Anna entró en el gran sueño en abril del 2000. Desde entonces, sus diez años, sumergidos con mimo en licores químicos por los artesanos de Fontgrial, se mantienen inalterables. La delicada belleza de nacarados reflejos y el largo cabello pajizo continúan brillando en el nuevo milenio. Sólo para unos pocos ojos.

 

La criptta en la cual reposa se halla decorada por su cuidador con un desquiciado sentido del horror vacui: hologramas post-mortem de Eva Duarte, de la desaparecida escritora de suspense Norma Bates y de su íntima amiga la también escritora Liza Bathory (quien pasó a otro estado dimensional en pascua del 99 pero dejó un cuerpo turgente para la eternidad), de Silvana Delirio (la groupie transmutada en diosa, que suele aparecerse -desnuda y montada en la cabeza de Nessie- a sencillos pastores y turistas pelmazos -este holograma, en concreto, se elaboró a partir del testimonio fotográfico más fiable, una instantánea matutina de comienzos del 98 tomada por la realizadora de documentales científicos Malena Bou-), y de Nefertiti (según la reconstrucción hecha por el artista Duane Hanson bajo la supervisión de John Steed, forense de Scotland Yard y egiptólogo en sus períodos vacacionales); colosales ampliaciones de dibujos pergeñados por taxistas maníacodepresivos de la Gran Manzana tras la lectura de «Alice in Wonderland»; una copia au trompe l'oeil de Böcklin ocupando toda una pared; un fotograma (desechado por obsceno en el montaje final) de Winona Ryder en «Bitelchus»; reproducciones a tamaño a-3 de algunos trabajos fotográficos de Lewis Carroll (Alice Constance Westmacott -con su desdeñosa expresión de Marc Bolan prepubescente-, Mary Millais -hija del pintor de la sugerente «Autumn leaves»-, Alice Liddell -en la emblemática pose «como mendiga»- y Xie Kitchin -concretamente, su melancólico escorzo fecchado el 12 de junio de 1873-); y, grabados en piedra artificial, un fragmento de Gabriel Matzneff («...une expérience hiérophanique, une épreuve baptismale, une aventure sacrée...») y otro del Dr. Destouches, traducido al catalán por Malena Bou («¡El cel als ulls i la perversitat dels angels!»). En la cabecera de la urna donde reposa el pequeño cuerpo, dos diminutas instantáneas (la primera, fechada en la canícula del 66: un atractivo cuarentón con pañuelo anudado en la cabeza a la usanza del Mekong, y una mujer algo más joven de larga melena ala de cuervo, ambos completamente desnudos y sosteniendo a un bebé sobre una poderosa Harley; la otra, sacada de una revista: cierto prestigioso actor y director norteamericano acariciando a un bulldog mentecato con el cañón de una Magnum 357).   

 

Hoy el cuidador (que suele pasarse por la cripta dos veces por semana) está en otros quehaceres. Y, sin embargo, hay alguien: ¿qué ojos son los que observan a Anna en este instante? Hoy es otro quien está sentado en la mecedora de bambú frente a la urna de La Bella Durmiente. Tomando apuntes execrables en una carpeta. Atravesando el frágil cuerpecillo con una mirada voraz, llena de oscura codicia...

 

 

 

encuentro en el hipermercado

 

Resulta agradable ver a los compradores desde dentro de la bolsa de plástico. El frío congela el tiempo hasta volverlo humo del que echan en los conciertos. Por cierto, en el circuito de megafonía suena un tema de Steppenwolf. Una singular transgresión a la muzak cotidiana del hiper. Tal vez a alguien se le ha ido la olla (como cuando, no llega a un lustro, cierta presentadora de telenoticias leyó algo que no debía sobre Mankiewicz -la gente anda muy p'allá en este umbral de siglos/milenios-).

El estruendo te devuelve a la realidad. El pavo trufado ha tenido la culpa: la gota que hace desbordar su carrito. Envases, bolsas, botes llenan el suelo del pasillo. Debes ayudarla a recoger el estropicio. Y, sin embargo, te da miedo. Siempre la has cagado en tus relaciones con la gente.

Te hubiera gustado seguir viéndola desde la distancia traslúcida del plástico. Desde la gelidez inalterable de un tiempo hecho humo. Desde tu alma perenne de niño libidinoso nunca dispuesta a crecer. La música de Steppenwolf te llenaba de poderío en tu encarnación como roulada de pavo trufado. Y ahora, de nuevo, la realidad. Tu alma, presa en un chasis de cuarenta años al que cada día se te hace más difícil entender. Has intentado cuidarlo, arreglar en lo posible sus fallas, adecuarlo a la imagen de tu alma, evitar que los espejos te resultaran ajenos. Pero la gente continúa reprochándote... no sé qué. ¿Cuál podrá ser el fallo?

 

-No sabes cuánto te lo agradezco. La próxima vez cogeré dos carritos mejor que uno.

 

Ambos recogéis envases del suelo. Las mujeres/bólido pasan en vuestro derredor sin ruido: mimos, cisnes de Tchaikovsky en un ballet para sordos. Las ruedas de los otros carritos, los tacones, las plataformas de corcho os rozan pero han perdido su solidez. Lo único tangible es lo que recogéis, vuestros carritos y vuestras presencias. Hasta vuestros alientos y vuestros olores son tangibles. Lo demás no.

Ella es rubia, de una palidez nacarada, con unos abiertos ojos azules y un rostro casi de parvulario, el pelo prendido en cola de caballo con un broche turquesa, y su voz suena a joven casada con hijos (dos) de las que pasean en el utilitario por El Viso a la caída de la tarde. Y, sin embargo, no lleva anillo alguno en sus dedos. Huele (la apretada mezcla de fragancias propias y postizas) a esa casi imperceptible morbidez de la carne femenina dispuesta a enfilar la segunda mitad de la treintena con un leve titilar entre la decisión y el pánico. Obviamente, aunque en el DNI tú le sacarías tres o cuatro años, su alma puede doblarte la edad.

 

-Son veinte mil cuatrocientas cincuenta, los dos carros.

 

¿Habéis llegado ya a la caja?

 

-Cóbrelo todo.

 

Parte de lo que va en tu carrito es suyo. No puedes permitir que... Pero nunca has sabido reaccionar airosamente en estas historias de quién paga primero. Te gusta que te inviten, no por gorronería, sino porque te sientes protegido, más acorde con la edad de tu alma. En el fondo de tu ser no te hallas en edad para jugar a caballero, a tipo galante. Eres un niño libidinoso y los niños no pagan.

 

-No... no debería...

 

Haces un amago de protesta por cubrir el expediente pero su mano roza tus labios ayudándote a no continuar la farsa. Es como si te hubiese leído las ideas.

 

-No tiene importancia.

 

Mientras recoge el cambio te fijas en su nuca (una de las zonas femeninas que encuentras más deseables). La de ella tiene un punto ámbar, de haber sido tocada suavemente por el verano, y hebras pajizas la salpican aquí y allá. La blusa blanca hace un bonito contraste.

 

-Me llamo Miranda. ¿Y tú?

-Leo, Leo Lebrel.

-Parece un seudónimo. O un nombre de personaje de Gómez de la Serna.

-Dejémoslo en el nombre que me sienta bien.

-Dejémoslo. Porque, en efecto, te sienta como un guante.

 

Salís con los carritos hasta la calle. Por fuerza tienes que acompañarla a su casa. Al dejar los carritos, el peso y volumen de vuestras cargas es bastante proporcional: muchísimo. Vais hasta su coche: un Mini blanco de cuando la Oyamburu provocaba apetitos poco honestos desde las pantallas desarrollistas. Un Mini...: te sonríes de tu intuición. 

 

-¿Casada?

 

Por fortuna, tu intuición no es rigurosamente infalible.

 

-No. Vivo sola. Tengo una tienda de artículos exóticos en los bajos de mi casa.

-¿Por dónde cae?

-Aquí, en Serrano, pegada al Commodore.

 

Nueva sonrisa por tu parte, que deviene al momento en sorpresa. En el tablier un Angel Caído idéntico al del Retiro hace las veces de San Cristóbal. ¿Quién demonios es esta mujer?

 

-Miranda no es un nombre frecuente.

-Es que soy italiana.

-Pues no tienes nada de acento.

-Me trajeron a Madrid muy pequeña. Mi padre era diplomático pero se jubiló joven. Cuestiones políticas.

-¿Y tu madre?

-Conoció a papá siendo casi una niña. Desde entonces viven juntos. Lo suyo eran las antigüedades, siguiendo la tradición de su familia. Yo debo haber heredado mi afición de ella... Hace ya casi cinco años que se retiraron a un balneario de la Provenza.

-Me dijiste que vivías sola...

-En realidad, comparto el piso con una socia. Pero ahora está de vacaciones. Bueno, vacaciones y trabajo: por si cae alguna nueva pieza de arte en latitudes lejanas. Me dijo algo de la Micronesia. Ponapé, creo... Oye, estaba pensando... ¿y si te vienes unos días a mi casa? Así no estarás solo este agosto.

-¿Cómo sabes que...?

-Muy fácil. Te vi antes en el refrigerador, encarnado en la roulada. Tu expresión dentro del plástico era de una felicidad tal que me embobó: no es fácil toparse hoy día con expresiones así.

 

El Angel Caído del tablier parece ponerse al rojo. Los árboles del bulevar (y los pájaros -y la brisa-) te animan a aceptar la invitación.

 

-¿Por qué crees que se me cayó todo? Estaba colocando cosas en el carrito de manera maquinal, mientras te miraba, ahí, extático, junto al corned beef y el chopped de pato mandarín.

-No creí que estas cosas mías se notasen. Me siento como el niño de «El resplandor» cuando el negro patizambo le habla sin mover los labios.

-Yo no soy zamba.

 

Cruza las piernas en un grácil movimiento. Su falda plisada deja asomar un muslo blanco, desnudo y, como habías supuesto, oscilando levemente entre la tersura y una sutil, casi secreta, flaccidez. Un atisbo de perfume a lago Ness emana de su entrepierna. ¿Irá sin bragas? Una mujer capaz de sustituir a San Cristóbal por el Angel Caído es muy probable que...

 

-¿Qué me dices? Acepta mi invitación.

-Acepto.

 

Los árboles (y los pájaros -y la brisa-) apoyan tu decisión.

 

-Antes de la tienda, ¿a qué te dedicabas?

-Estudié Ciencias de la Información. Rama de Imagen. Quería dirigir documentales. Pero lo abandoné al segundo año. Entonces, me dediqué a escribir guiones. Y en esto, por ahora, me ha ido mejor: me dirigieron un corto y, con la actual moda de la cuota femenina y las mujeres directoras, me permitieron rodar el segundo guión... Una cosita de nada: veinte minutos con mi amigo Lucifer.

 

Señala al Angel Caído.

 

-Lo encontraron pedante y desagradable. Todavía más cuando, en una entrevista para un programa vanguardista de tv, dije que mi maestro en el arte de la dirección era Jim Morrison.

-¿El de los Doors?

-Ya sabrás que estudió Cine. Sus trabajos de principiante son increíbles. Había varios inéditos. Uno rodado junto a Mankiewicz en Escocia.

-No tenía ni idea de que Morrison y Mankiewicz...

-Lo sabemos pocos. La gente tiene una imagen muy equivocada de él: lo consideran un freak presuntuoso cuando debería producirles auténtico terror. Era un ángel caído.

-Tiene un lado ominoso. Pero también fama de borde: cuando privaba...

-¿Ominoso?: folklore, mierda, clichés... Estoy hablando de auténtica oscuridad. No de juegos epatantes para burguesitos aburridos. Mi padre me enseñó a buscar en la oscuridad. En el corazón de la oscuridad... En cuanto a lo de «borde», si nos ponemos a tirar a la basura a mucha gente que merece la pena por ser en determinadas ocasiones (o en muchas, qué caray -pienso en mi roneo crowleyano con el desaparecido Eduardo Haro Ibars cuando mamá, allá por el 80, después de una sobreingesta de cómics belgas, me cortó el pelo a lo Tintín-) difíciles y tormentosos en su trato, pues vamos listos... Pero estoy derivando.

-Estábamos en que, en una entrev...

-Sí, cayó muy mal. Dejé de ser una nueva promesa de directora de cine para convertirme en un saquito de mal rollo. Me empezaron a dar la espalda. Solamente Gonzalo Suárez se ofreció a producirme un largometraje.

-Una gran oportunidad, ¿no?

-Y que lo digas. Se trata de un proyecto antiguo, que debería haber dirigido Peckinpah. Sobre aquel libro suyo del atentado contra Franco. Pero, con los años, la cosa ha ido evolucionando y hoy su guión es una completa y genial locura. El también ha leído algo sobre las andanzas caledonianas de Mankiewicz y Morrison.

-Hace tiempo hubo una presentadora de telenoticias que...

-Sí, Malena Bou. Gran amiga mía. Abandonó la tv para dedicarse a la investigación científica. Se dedica a filmar los trabajos de su madre, la doctora Eva Segura.

 

Llegáis a su casa. En los bajos, una tienda muy cuca llamada Tara («tierra» en rumano -según te dirá después-). El edificio, un chalet de tres pisos, con fachada de mármol. Algunas pintadas de inextricable significado han ensuciado el muro.

 

-¿No compras demasiada comida para una persona sola?

 

Subís la carga de víveres hacia su piso por una estrecha escalera.

 

-Se me olvidó decirte que mi afición favorita es la gastronomía.

-¿Cocina italiana, quizás?

-No, recetas propias.

 

Un extraño olor, a productos químicos, te asalta la pituitaria al volver a bajar por el resto de las provisiones. Parece venir de esa puerta cerrada (¿un sótano?). De pronto, sientes un amago de deja-vu.

 

-¿No se te pudrirá con este calor?

-Tengo un gran frigorífico. En esta casa no se pudre nada.

 

Mientras ella habla, te dedicas a husmear por el piso. Con bastante impudor (aunque dejándote llevar por la intuición) entras en el dormitorio.

¿La cama?, una absoluta bizarrez: redonda y cárdena como una enorme hamburguesa. Por el suelo, platos con restos de comida. En las paredes, enormes affiches anunciando de todo: sopas de sobre, conservas, comidas preparadas... Hasta la lámpara del techo guarda cierto parecido con una fruta.

Preso de una escatológica curiosidad, tras inspeccionar aquel pantagruélico cuarto, te precipitas a la toilette. Según el sentido común, debe de ser una pieza tan importante para aquella tragaldabas como el lugar de sus ágapes. Error: un rinconcito pequeño, funcional, elegantemente dispuesto y sin ningún olor comprometedor.

Intrigado, prosigues tus pesquisas. No encuentras el comedor. Al margen de los banquetes íntimos en el dormitorio, no hay otro lugar donde compartir esa «afición a la gastronomía»: el piso se reduce a un par de dormitorios (el otro también con una cama/hamburguesa pero sin la parafernalia gastronómica -sólo fotos en blanco y negro de películas españolas-), un cuarto de aseo, la cocina (no habilitada para comer en ella), un estudio minúsculo con todos los aditamentos de una moderna profesional autónoma (ordenador, fax, impresora, etc) y un no menos diminuto living... En cuanto a la terraza, una tumbona/columpio y una mesita de juguete (apta, lo más, para tomar el té -y sin demasiada repostería-) constituyen el único mobiliario. Por lo visto, las orgías gastronómicas en esta casa se realizan en la cama.

 

-Leo, ven un momento. No soy capaz de abrir esta lata. A ver si puedes tú.

-Pero si aún no son las doce. ¿Ya vas a preparar la comida?

-¿Qué comida? Ahora toca el tentempié de mediodía... Suelo hacer diez colaciones al día. Esta es la cuarta... Verás, al levantarme, desayuno un batido y galletas integrales. Tras ducharme, me zampo unas tostadas con algo. Una hora más tarde, no viene mal un bocadillito para atender mejor las obligaciones de la tienda. Luego, el tentempié de mediodía. A las tres, la comida. El té de las cinco en la terraza. Y, entre el anochecer y la madrugada, cuatro papeítos más.

-¿También de madrugada? ¿Y cuándo duermes?

-Hay tiempo para todo... Y yo no mato el tiempo, me lo como.

 

La terrible sonrisa que acompaña a estas palabras (de nuevo, la sensación de deja-vu) hace que te cortes con la dichosa lata.

 

-......................

-¿Te pasa algo? Eh, Miranda...

 

¿A qué diantres viene relamerse al ver tu pulgar ensangrentado? Ni que fuese un fotograma de la Hammer...

 

-Oh, perdona... Voy... voy a por mercurocromo.

 

 

catering anómalo

 

Ayudas a Miranda a preparar un catering para unos amigos. Grandes trozos de carne se asan en el horno. Un olor dulzón parecido al cerdo. Pero las porciones no encajan en tu idea de un cerdo. ¿Una babirusa, quizás? ¿O aquellos cerdos manipulados genéticamente que viste cierta tarde en un documental? «Cerdos alargados, cerdos alarg...»: ¿de qué te suena esa expresión?

¿Y por qué crees haber vivido ya esto?

 

-¿En qué piensas?

-Nada, tonterías.

-Te van a gustar mis amigos. Son tan raros como tú. Y como yo.

-En serio, Miranda: ¿somos tan raros?

-Ahora, en el presente entorno de esta ciudad, ya menos. La gente normal, esa que antes nos marginaba o nos imponía sus reglas, ha perdido el poder.

-¿Te refieres a las cosas que hace el burgomaestre?

-En parte, pero es sólo la punta del iceberg... La angustia que siente un alien viviendo en una realidad escrita por Mercero. Los reproches continuos de las gentes de pro contra lo que irrita su filisteísmo. El peso enorme que supone no tener el control... Eso se ha acabado.

-Me gusta lo que dices, aunque no acabo de cogert...

-Ya lo irás haciendo... Huele bien, ¿verdad?

-Auténtico perfume.

-Receta neozelandesa. Me la pasó Pilar, una de mis mejores amigas.

 

Pilar... ¿Por qué ese nombre resuena en tu cabeza como un gong de la Rank? En tu cabeza y... más abajo. Latidos prostáticos se suman en un sutil y turbador crescendo.

 

-¿La conoceré hoy?

-No lo sé. Anda muy liada con sus trabajos de bioingeniería.

-Miranda...

-¿Sí?

-Me... me estoy empalmando...

-Es natural. Estás conmigo y la realidad chorrea por nuestra piel como almíbar.

-De nuevo, no acabo de cogert...

 

Miranda se traga tus palabras en un rotundo lengüeteo. Sus pezonciglios, como frambuesas silvestres, traslucen y se erizan bajo la leve blusa. Su mano diestra (en todos los sentidos) bucea por tu entrepierna y su aliento abrasa tu imaginación como un soplo de terral. Te corres preocupado por manchar el pantalón pero tu desahogo va a parar íntegro a un diminuto cáliz de cristal bohemio.

 

-¿A qué viene...?

-Faltaba un último toque para la salsa del asado.

 

Miranda vierte el fluido blanquecino en la turmix junto a otro montón de ingredientes (chutney, perrins, hortalizas finamente picadas, unas gotas de tabasco, oreja de mar y un anfioxo en salmuera). El recentísimo desahogo seminal, el runruneo de la batidora y las últimas digestiones te amodorran. No puedes reprimir un bostezo.

 

-Uy, lo siento... No sé qué me...

-Yo acabo esto. Echate un rato mientras. Así compruebas lo cómoda que es la cama burger made by Davidoff. O, si lo prefieres, puedes perderte en esa terrina de paté que guardo en el frigidaire.

 

 

 

 

claire de lune (interludio)

 

Descansáis y degustáis profiteroles en la bed/burger. Miranda Veronese proyecta en tu honor los «veinte minutos con su amigo Lucifer»; como banda sonora, tú mismo: sumido en un profundo trance tras ingerir unas berenjenas de Almagro empapadas en un fortísimo preparado enteogénico, te has puesto a recitar el monólogo «Rondola Flow» (de la desaparecida poetisa amateur Iris Sada -íntima amiga tuya en una vida anterior-)..

 

-Beber y escupir de fuentes anónimas (inundar de gris la expresión de los hombres más sucios -cuando una podría estar estudiando las postrimerías de la Secundaria en algún liceo de la ciudad jardín-): pero no, una se debe a la vida pericolosa, al relente mortal de las calles sin luna (donde se cogen mil y un síndromes -de inmunodeficiencia, abstinencia, soledad-), al sandwich de las 4 a.m. en nadie sabe dónde, a las luces mortecinas de gastados tubos de neón, a las fantasmagorías que trae consigo el ser objeto de placer sin más porvenir que los minutos corrientes, a los taxis lejanos y raudos como estrellas fugaces, al vómito que corona una mala digestión de bebida (o comida -o trabajo-), a los penes con uñas renegridas que la exploran a una ignorándola, al aliento a ginebra que anestesia los besos, a la cama estallando en arpegios como el interior de un piano de cola, a la disciplina férrea que una se impone para no llorar sobre el pecho de ese desconocido, a los ralos orgasmos ofrendados a la Nada (Nada llamada «príncipe azul» por algunas gilís), a los gritos que se fingen cuando una está de humor... Hay veces en las que una jura abandonar esto: en tales ocasiones, no es una la que habla sino ese cardenal en el cuello o esa hinchazón en el párpado o esos arañazos cerca de la ingle. Una relee en el wáter de la última cafetería las andanzas de Holly Golightly («Ciertos tonos de luz amarilla malogran el cutis de una muchacha») apurando un lapso entre dos fuentes anónimas.

 

Tu pene moteado, remedo fálico de anguila leopardo, fascina a Miranda, que, enternecida, lo reboza en polvos talco (¿o es cocaína?).

 

-¿Una quué quiere ser de mayor?: primera dama; o, mejor, presidente; besando las paredes sucias de los moteles de carretera y sonriendo siempre a las propinas de los humanos; colgando el alma al borde de la ventana y llamando con luminoso miedo a todos los mosquitos; apurando con la pajita batido tras batido; y destrozando a dentelladas un plátano en almíbar hasta que la tv sangre de indiferencia; o quizás riendo bajo las sábanas de los testigos más buscados; la reina del chantaje; o, mejor, espía al servicio de tu propia potencia; mascando bombones de licor como si fueran tabaco; consolando con la punta de los dedos la angustia de los señores y retocándose el make-up en los entreactos, entre sandwiches de pepino y luces de botella encantada.

 

Miranda besa tu vello púbico, salpicado de hebras plateadas.

 

-«Esta nnoche, no: me duele la cabeza»: pasadoo el tiempo, una podría permitirse el lujo inefable de la tiranía; y pasear bajo las constelaciones cuando debería estar haciendo su trabajo; amarse a solas frente al espejo de la charca; y reventar farolillos en la fiesta de los pensionistas.

 

Tu anguiila leopardo, excitada por el polvo blanco, corcovea briosa, cual mesteño salvaje.

 

-«No pueedo vivir sin ti»: le dirá a una alguien al borde de la desesperación; y una se sentirá Dorian Gray y cortesana de Zola a un tiempo; y una elevará los labios manchados de rouge con un punto de maldad; y alguien vomitará su última borrachera en el vecino lavabo; y las salamandras seguirán vigilando desde la charca; y las salamanquesas seguirán vigilando desde el alero.

 

Las imággenes de la pantalla cubren vuestros desnudos hasta mutaros en animados faunos de Diaghilev. Miranda clava sus incisivos en tu fibrosa y rebelde anguila, empeñada en domeñarla. Sangre y semen se combinan en una original salsa rosa sobre el canapé de cangrejo violinista. Tú miras más allá de lo real fundiendo las ilusiones del corto con ignotas criaturas devueltas a la superficie del negro lago de tu memoria (¿de tu memoria? -de tus memorias-). La cama de carne, steak tartar digno de Giant Man, se ha vuelto balsa y navega por ese coño caledoniano que nunca cesa de emitir sus llamadas. Tu compañera dorada de otrora se funde en tus brazos con esta otra rubia más frágil y rafaelesca (pero igualmente agresiva en su acometida sensual). Sudor y semen, marisco y sangre, zumos vaginales y líquido de las berenjenas de Almagro: lago negro de empinados cantiles, criaturas esquivas enbridadas por diosas que ayer fueron carne. La boca de esa lesbiana sabía a emparedado caliente de queso al estragón... ¿De esa lesb...?

 

-Leo, Leeo... ¿De qué lesbiana hablas? Tch, tch... Ya, estás afectado por el zafarrancho de hace un rato. Cálmate, ssssh... No creí que fueses tan impresionable.

 

 

priones: THE LEFT HAND

(la señora del tarro adornado con perejil

fue pintada originalmente por John Brack

–el tarro y el perejil se colocaron a posteriori-)