Hmmm... Cuánto me fascinan esas vocecitas espectrales que nos hablan desde el páncreas, la más recóndita meninge o el atisbo de hemorroide, y que han dado tan buen tono a historias como «Dr Bloodmoney» de Philip K. Dick o «La mitad oscura» de Stephen King. Pero la moral occidental, tan reprimida ella (tan llena de armarios a rebosar –armarios generadores de cientos y cientos de Mr Hyde-), impidió la creación perfecta, aquella que casase la poesía merenguita del fairy tale con el acíbar imprescindible del mejor gore en un enlace del todo natural, siguiendo los impulsos básicos de nuestras vísceras (¿quizás un juego a dos entre Tim Burton y David Cronenberg pudiera haber ido por ahí?). Pero no: habían de imponerse los absurdos tabúes del fariseismo judeocristiano, rehenes eviternos de esa boba distinción entre Bien y Mal (cuando lo que importa es el combate de fondo entre la Energía y la Entropía –combate que, por cierto, Occidente está perdiendo a velocidad de vértigo merced a meteduras de cuezo tan garrafales como el balaseo del malinterpretado Pim Fortuyn, el Huntington holandés: y es que no hay nada como la super sin plomo para apagar un incendio, ¿a que sí, subcriaturas?-).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

Finalmente, en las historias de «Black Jack», a las que me he aficionado (mejor, me he hecho adicto) desde que el amigo Lois Landau (AKA Dildóxido de Congosto) me dejó el primer tomo (ya voy por el 4 y cada vez que quedo con mi proveedor le exijo nuevas dosis con premura febril), he hallado la mejor creación en el terreno de los quistes que hablan, razonan y tienen su corazoncito. Pinoko, inicialmente un caos primordial de tejidos disformes (a su lado el simpar Tomasín quedaría tan convencionalmente aceptable como el conejito Tambor), gracias a la habilidad quirúrgica del cirujano más solitario del mundo, se transmuta en una adorable muñequita de casi veinte años emocio- nales pero embutida en una envoltura biosintética de las que hacían suspirar al reverendo Dogson. Una perita en dulce que habla con media lengua y que se presenta ante el mundo como «la mujed del doztod». ¿Cabe mayor encanto?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Esta constante nipona de l@s niñ@s metid@s en roles de adult@s que salpica tantos y tantos mangas, la verdad, tanto a Luishi como a mí (devotos ambos de René Scherer y afectos  –ya cada cual por su lado- a Michael Jackson, al ya aludido Lewis Carroll, a «Otra vuelta de tuerca» y a Gabriel Matzneff) nos resulta asaz estimulante.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pocos días antes de cerrar estas páginas, the lord of Lollypop, Miguel Angel Sánchez (otro megafan del manga), nos aconsejó que no nos perdiésemos «Metrópolis» (adaptación cinematográfica de un clásico de Osamu Tezuma, autor de «Black Jack»). Y eso hicimos: a Lois (ya veterano en la cata de estas visiones) le gustó bastante; a mí (del todo lego en las últimas tendencias de la animación nipona pero adepto a la pintura fotorrealista USA y a todo lo que huela a streamline –desde las tinieblas gothámicas de Tim Burton a la línea clara de Joost Swarte, pasando por los peinados de Ayn Rand-) no es que me gustase, es que me abrumó, sobrecogió y derritió todo el alarde de ampulosa belleza en los fondos (a su lado los de Dreamworks son tan primariamente cursis como el «Pumby») y moñoñez biodestilada en los personajes (así,  la ginoide en cuyo derredor orbita la trama, guarda no poca relación en su peculiar gestación y nacimiento con Pinoko), a lo que añadir la oportunísima mala leche del tema (torres más altas han caído y tal).  A la salida del cine, pasando junto al affiche de Operación Triunfo y oyendo tras nuestros pasos las musiquillas de Eurovisión (sí, era justo ese día), nos preguntábamos desolados «¿Por qué vivimos en esta ciudad de mierda, sin supervillanos con perfil a lo Pitita ni supernínfulas de melocotón en almíbar?». En vista de que sólo Rosa nos respondía, optamos por refugiarnos en el restaurante kurdo más cercano, a incendiar la hernia hiatal con algún guiso de las estepas y rumiar callados exabrup- tos dignos del Travis más insomne. 

 

 


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loco por pinoko,