EL NOBLE ARTE
Para Línea de Sombra, Limbo
Piedra.
En 1930, el alemán Max
Schmeling era Campeón del Mundo de los pesos pesados. Seis años más tarde,
viajó a Estados Unidos para retar a un chaval que venía pegando fuerte: Joe Louis, el bombardero de Detroit,
15 peleas ganadas, 12 de ellas por KO. Schmeling se lo cargó en el duodécimo
asalto.
Finalmente, Louis se proclamaría campeón disputando el
título a James. J. Braddock, Cinderella
Man, el de la película; pero él
deseaba vérselas de nuevo con Schmeling. Lo hicieron en 1939. La prensa
oficial, a menudo idiota, presentó la pelea como un combate entre la Alemania
nazi y las libertades de América. Joe Louis tumbó a Schmeling en el primer
asalto, y, tras aquella pelea, retuvo el cinturón de campeón mundial durante
doce largos años. El bueno de Louis ya estaba retirado en el 48, pero el patriótico
fisco yankee de las libertades le reclamó una deuda, así que volvió al ring
para que Ezzard Charles le diera una
paliza de aúpa. Por entonces, comenzaba a despuntar el hijo de un zapatero, un
tal Rocky Marciano. Por supuesto, el
héroe de éste currante del cuadrilátero no era otro que Joe Louis. La última
pelea del gran Joe fue el 26 de octubre de 1951; y su rival: Rocky Marciano. El
chico de Brockton, Massachussets, lo sacó de entre las cuerdas a bofetadas;
después, fue a su rincón y se echó a llorar. Esas lágrimas lo bendijeron:
Cuando en 1956 Rocky Marciano decidió poner fin a su carrera, la estadística
rezaba 49 peleas y 49 victorias; único boxeador invicto de la historia datada.
De las 49 victorias, 43 fueron por KO.
¿Qué fue de Max Schmeling? Durante la Guerra formó como
paracaidista de la Luftwaffe. Al terminar la contienda, América le ofreció la
representación de Coca-Cola en Alemania, aceptó, y se hizo rico. Al viejo Joe
Louis, en cambio, no le iban bien las cosas: Arruinado, enfermo y en sillas de
ruedas, no esperaba nada de la vida. Sólo un hombre se hizo cargo de él,
pagándole los médicos, las medicinas y el entierro: Max Schmeling.
Este lazo de la historia del boxeo desarmaría a cualquier
alborotador prohibicionista, encerrándole
en un círculo de lucha, corazón y nobleza tales como probablemente ni
siquiera imagina que existen.
*
Los boxeadores apenas tienen palabras para describir a
quienes tildan su práctica deportiva de salvaje: Cierran los ojos, miran al
cielo y resoplan. «El fútbol sí que es salvaje», me decía Javier Castillejo -9veces campeón del mundo-: «Se parten las
piernas, se pegan codazos, se hacen continuamente falta, engañan, simulan,
insultan, escupen… ahora también caen muertos, fulminados por un rayo
invisible. ¿Y qué pasa? Nada; no pasa nada de nada: ¡Como es el deporte rey!…
Nosotros los boxeadores tenemos al árbitro pegado y mirando cada detalle,
además de a tres jueces puntuando y unos férreos análisis médicos y antidopaje.
Quienes se meten con el boxeo ignoran su reglamento,
los controles, las estadísticas; e ignoran que es el segundo deporte olímpico
más antiguo después del atletismo».
En efecto, desde la insondable África, allá por el 6.000
A.C., el pugilato se extendió a Egipto, Grecia y Mesopotamia. En la refinada,
elitista y alegre civilización minoica,
los jóvenes se entretenían con el boxeo. Así lo narran los frescos de esta
cultura que, a parte de pescar y solazarse, pasaba el tiempo levantando
palacios, elaborando laberintos y rindiendo culto a la Gran Diosa Madre a
través de sus múltiples juegos de tauromaquia. ¡Ahí tienen a los cretenses:
Boxeadores y taurinos! A aquel pueblo de paz, comercio y cultura que, confiado
en su modo de vida, jamás construyó baluartes de defensa militar.

Púgiles de
la isla de Thera, civilización minoica.

He aquí un relieve
mesopotámico, aún más antiguo que el fresco cretense expuesto arriba.
¿Y hemos de
acomplejarnos los que gustamos de esta práctica, ante quienes claman por la
extirpación de raíces legendarias más ciertas que cualquiera de los argumento
en contra del boxeo o de la lidia del toro? Deben pensar estos buenistas anti-mitológicos que la Vida
no va con ellos; quizá por eso no se atreven a hablar de la muerte, y creen
esquivarla de sus conciencias con la solidaridad chapucera y el falso
igualitarismo democrático que los conduce al reconcomio, la estrechez, las
abstracciones espirituales y, en consecuencia, a la guerra encubierta en
misiones de paz con las que sí que tragan[1].
¡Pero por Dios que nadie practique el deporte que vino en llamarse Noble Arte!
*
Sobre
el ring, dos hombres.
No
hay cabida a la traición.
Las
reglas son claras y estrictas.
Ambos
se miran a los ojos, de frente.
Ambos
lo saben: El otro va a por él.
No
perder la calma.
En
medio del cruce de golpes, tener los ojos abiertos.
Ver
el hueco.
Lanzar
rápida una mano.
Que
el otro no la haya visto.
Que
no fuese una emboscada para aprovechar ese agujero en la guardia…
Lanzar
rápida una mano.
Ése
es el baile.
De
ahí los pasos que los púgiles ensayan.
La
sincronía que el entrenador graba en la mollera de sus chicos:
¡Esquiva,
pega, esquiva, esquiva, izquierda, abajo, uno-dos, atrás, en guardia!
Mil
veces repetida la canción con mil distintas estrofas.
Los
pies del púgil giran, hacen círculos, avanzan y retroceden: Danzan.
Estrellas
de una galaxia en espiral, un planeta besará la lona.
Adiós.
Finito.
Quizá
no entrenó lo suficiente, como Poli
contra Whitaker.
Aquel
Campeonato Mundial que el de Vallecas tiró por la borda.
Mero
ímpetu suicida, de fe.
El
potro íbero no podía creerlo.
«¿He
perdido?»
Y
el manager en la esquina: «Si, Poli».
Un
mundo duro para hombres que saltan a la comba.
Que
gastan bromas mientras le zurran al saco.
Que
se retuercen en el suelo.
Y
cada mañana vuelven a la carga: Tocar el cielo con un gancho.
*
A las nueve de la mañana, el grupo de boxeadores sale a
correr.
Algunos vienen del curro, y los otros van luego. Corren en
un parque de la ciudad, entre la gente que pasea a los perros. Una, dos, tres,
cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve series de cien metros. Terminan la
primera y van a por otra. El entrenador les mira, graba los tiempos. Les mira y
fuma. Al acabar, un circuito intensivo de pesas, sin descanso; abdominales,
flexiones, mancuernas. Al despedirse, se citan para las cinco de la tarde, en
el gimnasio, antes o después del trabajo. Hacen guantes, técnica, más circuito,
la maza, el neumático, el balón de 6kilos, diez minutos de sombra, otros diez,
otros diez, y para recuperar: Abdominales, varios cientos. «¡Capitán, vamos!»,
grita un boxeador, «¡sólo quedan 50 minutos!» Otro le responde en plena
contorsión lumbar: «¡Animo, chicas!»
El viejo campeón deambula entre ellos, les gasta bromas, les
anima. Cada uno del grupo de boxeadores observa y escucha, sonríen, se le
acercan y requieren consejo. El viejo campeón les enseña un pase de baile.
«¿Ves?: Así». El viejo campeón es Javier
Castillejo, El Lince de Parla.
Dice que tuvo una infancia como cualquier otra, y que ha sido el mejor. «¿No
cuentan que el Madrid es el mejor por haber ganado 9 títulos de Europa?, pues
yo tengo otros nueve, pero del mundo».
*
La Federación Madrileña de Boxeo está en el Teresa Rivero. Y
ahí entrena Gabriel Campillo, actual
Campeón Mundial de los Pesos Semi-Pesados:
A Gabriel le llaman Chico
Guapo, tiene dos hijas y escribe sus nombres sobre los nudillos antes de
cada pelea. Le arrebató el título al argentino Hugo Hernán Garay el pasado 20 de Junio; allá, al otro lado del
charco, con todo en contra: Se lo arrebató. Le habían llamado para suplir al
aspirante oficial. Campillo aceptó con una idea entre ceja y ceja: No dejar
pasar la oportunidad. Se lo comió a partir del sexto asalto, inapelable. En
agosto defendió el título. ¿En España? No, que aquí somos muy progres para
entender el boxeo, nos da cosa. Gabriel Chico
Guapo Campillo defendió su título en Kazajistán y contra un kazajo… Otra
vez todo en contra, y otra vez victoria.
Cada tarde, al acabar su entrenamiento, enseña boxeo a
chavales del barrio de Salamanca; hay que sacarse unas perras con las que pagar
el colegio de las niñas. Esto también hace grande al Noble Arte: Los campeones
y las viejas glorias son accesibles; gente sencilla, parca en palabras pero
todas ciertas. Los principiantes les ven pasar entre los sacos y no se atreven
ni a mirarles. Su mera presencia, sin embargo, les hace pegar más duro,
concentrarse en la técnica, volver al día siguiente, uno detrás de otro hasta
ganarte el respeto y una buena tarde atreverte a saludar: «Hola, Campillo».
«Qué pasa, chaval» va a responder él. Y entonces el muchacho va a decir que
nada, que aquí estamos; y se va a concentrar más, y le va a dar más duro al
saco. Y por la noche, cuando esté con la novia, va a contarle una cosa muy
facilita: «Esta tarde he hablado con Campillo». Ella le entiende, porque el
muchacho no tiene el don de la palabra pero se levanta cada mañana a las seis
para seguir soñando. Al día siguiente, otro pupilo del gimnasio le mete a base
de bien en el entrenamiento, le hace daño y ya no se acuerda ni de Campillo ni
de nada: Porque no todo el monte es orégano; y aquí se sueña con los ojos
abiertos.
EL boxeo es una escuela de vida: Relax, esfuerzo,
sacrificio, respeto; sólo entonces camaradería.
«No veo yo a un “niño bien” Campeón del Mundo», recuerdo
escuchar a un sparring. «Esto no es duro, ¿verdad?», me dijo con ironía Óscar Sánchez, Rayito, al tiempo que
clavaba un upper-cut y el sudor regaba el saco. En ese instante, un jovencito
flaco como el alambre pasó entre nosotros; llevaba unos calzones con la bandera
de España, también encima del ring hay un gran bandera de España. Óscar
Sánchez, Rayito, al ver la
indumentaria del flaco y sin dejar de sacudir, dijo a voz en grito: «¡Qué bueno
entrenar con la insignia nacional, chavales! ¡La insignia nacional es muy
importante!» «¡Viva Rusia!», respondió al fondo del gimnasio Petrov, portento físico del peso pluma,
y ya listo para dar el gran golpe… Una pelea, y la gloria.
*
Petrov, Rayito, Luciano,
Franklyn, Dani… púgiles que entrena Ricardo
Sánchez Atocha, el hombre que hace Campeones. Atocha no quiere ser
simpático. Para Atocha, parecer cualquier cosa que no sea lo que eres es una
pérdida de tiempo; te resta contundencia, y eso no forma parte del trato con el
tipo que enseña a un boxeador cómo llegar a la cima. Lo hizo con Poli, con
Castillejo y ahora con Gabriel Campillo. Y lo hará con los que vienen,
conducirlos hasta el propio límite de cada cual.
Rockero y sioux, Atocha machaca a sus chicos para que estén
en forma. Si están en forma se sienten seguros, confiados. Y si están seguros y
confiados pueden ganar a cualquiera; por muy mal que vayan las cosas en el
cuadrilátero, el púgil mantiene su fe: Que entre una mano, el rival se
descomponga y entonces tumbarlo. «El boxeador siempre puede, y el que no pueda:
Que no haga boxeo», recomienda Atocha. «El boxeo es lo más noble que hay: Una
lucha limpia, con unas reglas, en la que sólo puede haber dos kilos y medio de
diferencia, y en la que cuando acaba la pelea no existe ningún rencor. Los
boxeadores no se pegan, boxean. Cuando un boxeador cae, todos estamos deseando
que se levante. Nadie quiere hacer daño, incluso entre contrincantes que han
luchado toda la vida se crean lazos especiales».
Una amistad cimentada en el combate.
Una amistad que empieza mostrándote la propia fuerza, real,
antes que una sonrisa blanda con la que meterse en tu bolsillo o en la cama con
tu mujer. Los peores golpes jamás se reciben de frente.
¿Pero quién entiende hoy el
combate, si todos se creen estupendos y fenomenales; si ya nadie acomete la
primera y esencial lucha: La de cada cual consigo mismo para alcanzar la máxima
pureza de expresión en cuanto a lo que somos y a lo que aspiramos? ¿Quién
entiende hoy el combate, si las personas
se consideran así mismas entes mecánicos resueltos, en vez de seres proyectados
hacia el futuro? ¿Quién entiende el
combate, cuando ya no se aspira a ser mejor, si no a camuflar lo peor de
nosotros?
¡Cómo va a entender el
combate la Sociedad de las Apariencias!
No lo entiende, le espanta: Es un espejo de la propia
falsedad.
N tiene fe en maestros que la enseñen:
*
El que se juega la cara sabe que nadie puede arrebatarle el
lujo de ser uno mismo. A Nicolino Locche
le llamaban el intocable. Un tipo
peculiar, Nicolino; un boxeador raro. Más que pegarte, jugaba a que tú le
pegases. ¡Craso error el intentarlo! Fintaba, tu golpe se iba al limbo y él te
lo recordaba con un mandoble al hígado. Sus rivales lo intentaban por todos las
vías: Una izquierda, dos, gancho, derecha, serie arriba y abajo. Nada. Nicolino
parecía un muñeco animado, los guantes pasaban a su alrededor sin llegar a
tocarle. Él miraba al público, sonreía, saludaba, o simplemente le ofrecía su cara de almacenero portuario
al otro púgil. Lo hacía estirando un poco el cuello, abriendo desmesuradamente
los ojos con la doble intención de hipnotizar y estar atento. El rival se
pasmaba del descaro. «Qué hago con éste»,
pensaba, «¡mírale: Está divirtiéndose
como en la feria!» Y vaya si se divertía, la feria era él. Piccolino, como
quien no quiere la cosa, fue Campeón del Mundo durante cuatro años (1968-1972),
defendiendo el título hasta en seis ocasiones:
La faceta killer del boxeador showman, la consumó hace menos
de una década el gran Naseem Hamed, el Príncipe. Una auténtica serpiente
con la izquierda más rápida y venenosa de la jungla. Cubrirse no era lo suyo,
peleaba a brazos caídos, o bien al más puro estilo de la esgrima, con uno por
delante a modo de florete y el otro atrás, alzado, equilibrando su danza
macabra, irreverente, odiosa:
Naseem peleó treinta y siete veces, logrando treinta y un
caos. No quiero ni pensar lo que debía ser enfrentarse a este maldito. Pero hay
algo que todo boxeador sabe: Tarde o temprano, caes. Incluso un elemento del
perfectísimo calibre demoníaco de Hamed tiene su fin. En abril de 2001, el
mexicano Marco Antonio Barrera, Asesino
cara de niño, un boxeador compacto, en las antípodas extravagantes de
Hamed, le dio caza en el Gran Casino de las Vegas.
Hamed sólo hizo una pelea más después de aquella derrota;
ganó, pero ya no era lo mismo. Decidió retirarse.
En 2007, la Reina de Inglaterra decidió condecorarle. «Ya
era hora de que me llamase esa perra», comentó Hamed a los periodistas cuando
fueron a felicitarle. Poco después, debido también a otros feos asuntos,
Buckingham le quitó la medalla. Y ahora recuerdo que el mencionado Ricardo Sánchez Atocha también está
esperando que el Rey de España aparezca para felicitar a Castillejo. «A ver si
se decide a pedirnos audiencia», dice con sorna.
*
Cierro el círculo volviendo a Rocky Marciano.
En septiembre de 1952, derrotó a Jersey Joe Walcott,
haciéndose con el cinturón de los pesos pesados. No fue sencillo. Tenía la
pelea perdida, pero Rocky era un gran encajador, un tipo de hierro, espartano,
nada ortodoxo en su arte pugilístico y sin embargo contundente como una roca de
granito lanzada desde un quinto piso.
En el momento de noquear bestialmente a Walcott, iba perdiendo en las
cartulinas de los tres jueces. Sólo unos segundos antes, el de New Jersey le
había mandado a la lona por primera vez en su carrera: Un croché abierto de
izquierda, que a usted y a mí nos hubiese matado, le hizo hincar la rodilla.
Marciano se levantó sin creérselo todavía. «¿Me
han tirado a mí al suelo?» Sí, a él
le habían tirado al suelo; y estaba perdiendo. Y aturdido. Llevaba a cuestas
una buena paliza. Y de repente, de algún rincón oscuro, surgió la fe: Marciano
se agazapa en una esquina, comienza a avanzar, inclinado, le tienta, le tienta,
parece un gladiador esgrimiendo la red de presa, enseña su izquierda sin llegar
a lanzarla, Walcott mira a la derecha y se topa con un obús que le revienta la
conciencia.
Dejo aquí, a modo de despedida para que los prohibicionistas
me acusen en paz y en paz me vaya yo con los guantes en alto, la secuencia de
aquel momento histórico de la que dicen fue la mejor pela de la historia (en
fin, como tantas otras):
Y a cámara lenta:
Rocky Marciano murió en accidente de avioneta.
Para mí, por su espíritu imbatible, por el rocoso carácter
que demostraba en el ring y la simpatía alegre y confiada que derrochaba en la
calle, ha sido y será el más grande. Aunque eso va con los gustos, claro. La
nómina de nobles peleadores es larga. Y sin embargo no tan larga como la de
aquellos cuya única victoria es prohibir lo que les causa pánico. Para su
desgracia, y lo quieran o no, están librando un combate que gana siempre la
misma…
Y besarán la lona sin conocer a su Rival: